lunes, 14 de noviembre de 2011

"Casi sin querer ella inclinó la cabeza para mirarse la punta de los zapatos. Todavía no sabe por qué esa imagen le trajo llanto. Se puso sola por un momento. Un momento para reponerse entre los azulejos y las canillas relucientes. Enseguida volvería a la agitación de afuera del 'toilette'. ¿Pero alguien se habría dado cuenta? Salió lavadita, resplandeciente, aunque la pena aún golpeaba con olas mansas la boya de su corazón".

Ricardo Zelarayán, La piel de caballo

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