domingo, 15 de noviembre de 2015

Payasadas

"Eliza y yo solo usábamos el contacto corporal para aumentar la intimidad de nuestro cerebro. Así dimos nacimiento a un genio único, que moría en cuanto nos separábamos y renacía en cuanto volvíamos a juntarnos".

"No puedo pensar en ese ruido como un ruido. En cambio, es una enfermedad del silencio".

"Comprendí que los países nunca podían reconocer que sus guerras eran tragedias, pero que las familias no solo podían, sino que debían hacerlo".

"¿Y cómo nos las vimos con las dificultades
de las burdas payasadas del hombre, sí, y de Dios?
A nuestras anchas y sin temor,
gracias,
en un juego que nuestros sueños rehicieron".


Kurt Vonnegut, Payasadas

viernes, 11 de septiembre de 2015

Enseñanzas de un gran Don Juan


Habría que persuadir a la gente de que, en amor, gustar y no gustar, dejar y ser dejado, son las suertes ordinarias, que debemos acatar con naturalidad, sin orgullo y sin amargura; habría que recordarles que el diálogo y el trato no son escaramuzas y que “la urbanidad y la alegría deben preceder a toda moral, porque son los deberes puros” (Stevenson). (Suertes habituales)

Las mujeres, aunque tienen el vigor del caballo, se deprimen por todo. Un restaurante las deprime; prefieren comer en uno de esos lugares donde suena un piano y donde, al favor de la oscuridad, se besuquean las parejas y tal vez ingieren cucarachas. Yo olvido estas preferencias y, a lo largo del tiempo, con diversas mujeres, cometo idénticos errores. (“Todas las mujeres son iguales”)

John Dewey dice: To me, faith means not worrying. Creo justa la interpretación. Si esa es la fe, a mí no me falta. Avanzo despreocupadamente, creyendo que todo de alguna manera se arreglará, incluso mi definitiva permanencia en la vida y el asunto aquel de la plata que tal vez me robaron y aquel otro. (“Fe”)

¿No hubo acaso un momento de mi vida –y de la tuya, lector –en que todo era posible? // Alguna vez creí que todo era muy poco en la inmensidad de mi vida. (“La vida, para los jóvenes”)

De las peores aberraciones del intelecto y de una conjugación de los maestros más groseros, como una rosa nacida en la basura, surge trémula pero incontaminada y triunfal, la vocación literaria. (“La vocación”)

Oh cuaderno de anotaciones diarias, oh implacable espejo de nuestra pobreza mental. Libro que redactas nuestra vida, para corregirte debemos corregirnos, para enriquecerte, enriquecernos. (“Cuadernos”)

Por las digresiones entra en los escritos la vida. (“Digresiones”)

Tememos que el destino, como nuestro oyente que desea hablar, para colocar esas frases de efecto mediocre, nos hunda en las más atroces desdichas. O que nos hunda, como un escritor apresurado despacharía a su personaje, para dar al cuento un final aceptable.

Hablar lo había cansado mucho –lo había cansado más que andar toda una tarde, colocando pedidos, a pie, por Buenos Aires –pero le hizo bien. El velo se había descorrido. (“Moscas y arañas”)

-Llevame a cualquier parte –insistió Filis, añadiendo argentinamente -: Para eso sos hombre.


El norte de mi conducta, sobre todo cuando estoy con una mujer, es lograr abundancia y variedad de recuerdos, ya que estos constituyen la parte durable de la vida. (“Recuerdo de las sierras”)

Adolfo Bioy Casares, Guirnaldas de amores

jueves, 28 de mayo de 2015

Agua viva

"Confío en mi incomprensión que me ha dado vida liberada del entendimiento, perdí amigos, no entiendo la muerte. El horrible deber es el de ir hasta el fin. Y sin contar con nadie. Vivirse a sí misma. Y para sufrir menos embotarme un poco. Porque ya no puedo cargar más los dolores del mundo. ¿Qué hacer cuando siento totalmente lo que otras personas no sienten? Las vivo pero no tengo más fuerza. No quiero contarme ni a mí misma ciertas cosas. Sería traicionar el serse. Siento que sé algunas verdades. Que ya presiento. Pero las verdades no tienen palabras".

Clarice Lispector, Agua viva

domingo, 5 de octubre de 2014

Los topos

"Ahora que lo pienso, no podría decir cuánto tardé en articular todas esas ideas, pero sí que discutimos sobre eso durante todo el camino hasta la Reserva Ecológica y que la discusión, a pesar de ser familiar para los dos, una especie de rosal desmadrado, lleno de espinas, pero espinas conocidas, fáciles de evitar, en nuestro hermoso jardín, se fue volviendo hueca, como si ya hubiéramos sorteado todas las espinas del rosal y ahora estuviéramos en el interior de una de ellas y entonces, encerrados ahí, casi sin aire, no hubiera nada que hacer".

"Pensé en eso de las cosas que uno puede compartir con el ser amado, en las costumbres del otro que pasan a ser las de uno, en la forma de hacer las cosas, en los gestos, en las miradas, en la forma de hablar, en todo lo que al principio es de cada uno pero que de tanto compartirse se vuelve igual".

"Como si hablara en sueños, dijo que siempre, de alguna forma, uno encuentra lo que busca, no hay que pensar si el destino sí o el destino no porque eso siempre es perder el tiempo (...) Todo dependía de la forma de ver lo que había pasado, de tener la paciencia suficiente para analizarlo y sacar conclusiones".

Félix Bruzzone, Los topos

domingo, 28 de septiembre de 2014

El verano sin hombres

"Me he dado cuenta de que ocultar algo resulta tan interesante como contarlo. Me fascina cómo el habla, ese corto viaje entre nuestro interior y el exterior, puede ser tan doloroso bajo ciertas circunstancias".

"Me quedé quieta durante unos minutos. Me quedé allí, descalza sobre la hierba tibia, y sentí una enorme tristeza. De repente, sentí tristeza por todos nosotros, los seres humanos, como si, súbitamente, hubiese subido volando hacia los cielos y, como una especie de narrador omnisciente de una novela decimonónica, observase desde arriba el espectáculo de esta imperfecta humanidad, deseando que las cosas fueran diferentes, no totalmente diferentes, pero lo suficiente como para ahorrarnos un poco de sufrimiento aquí y allá. Era un deseo modesto, estoy segura, no era ninguna fantasía utópica sino la aspiración de un narrador sensato que sacude su pelirroja cabeza surcada por algunas canas y llora desde el alma, llora porque es normal llorar ante la infinita repetición de la maldad, de la violencia, de la mezquindad y del dolor. Y seguí llorando hasta que la puerta se abrió y mis  tres vecinos salieron de la casa, cruzaron el patio y les di cobijo".

"Todos debemos dejarnos llevar por la imaginación y proyectarnos, de vez en cuando, para tener la oportunidad de ataviarnos con esos trajes largos y esos fracs de un tiempo que nunca fue y nunca será. Sirve para dar cierto lustre a nuestras deslucidas vidas y a veces, incluso, para poder elegir un sueño u otro y, en esa posibilidad de elección, dar una tregua a nuestra habitual tristeza. Después de todo, ninguno de nosotros podrá desatar jamás el nudo de las ficciones que conforman ese algo inestable que denominamos el Yo".

"La danza de la imaginación consiste en ser otro. Sin ella no somos nada".

"Sus 'Yo' estaban revueltos e intentaban descubrir lo que significaba tener otro papel en la vida, ponerse en la piel del otro, pertenecer a otra familia, a otro lugar".

"Todos nos estamos muriendo, uno a uno. Olemos a mortalidad y no podemos desprendernos de ese aroma. No hay nada que podamos hacer excepto, quizá, romper a cantar".

"El tiempo nos confunde. Los físicos saben cómo jugar con él, pero el resto de nosotros tenemos que ajustarnos a un presente vertiginoso que se transforma en un pasado incierto y, por más embrollado que ese pasado resida en nuestra memoria, siempre avanzamos inexorablemente hacia nuestro final. Sin embargo, mientras todavía estemos vivos y nuestro cerebro sea capaz de conectar unas ideas con otras, podemos saltar en nuestra mente de la infancia a la edad adulta y volver atrás y elegir cualquier momento de la época que queramos, un recuerdo dulce aquí y otro amargo más allá. Nunca volverán a ser lo que fueron, sólo una encarnación posterior. Lo que un día fue futuro es ahora pasado, pero el pasado vuelve en forma de recuerdo presente, está aquí y ahora, mientras escribo. De nuevo estoy escribiéndome en otro sitio".

Siri Hustvedt, El verano sin hombres

lunes, 8 de septiembre de 2014

Yo era una chica moderna

"Ese fue el verdadero comienzo de la aventura. Así empezó todo, con dos chicas desesperadas en una terraza a la medianoche, ebrias de alcohol y de venganza. No, no venganza: justicia. Éramos dos justicieras, decididas a todo con tal de reponer las cosas en su lugar. Por modernas, queríamos restaurar la antigüedad. Por antiguas, queríamos imponer lo moderno".

"Cuando me desperté al día siguiente, el sueño que había tenido temblaba todavía en mi paisaje espiritual, como una niebla del corazón".

"Nunca quedó en claro si fue la Historia la que los separó, o ellos los que separaron la Historia".

"Los anteojos se plegaban y desplegaban, cerraban sus patillas como bracitos delgadísimos y se quedaban quietecitos, durmiendo; después los abrían, como el niño que abre los brazos para que la mamá lo alce, y se prendían a mi cara, a la parte más sensible y expresiva de mi cara, y ahí se quedaban todo el día. ¿Cómo no quererlos si ellos me daban la luz y los detalles?"

"Simetrías que son casi inevitables cuando una historia se echa a andar, magias parciales del relato. Todo lo que pasa ha pasado ya, bajo otra forma. Pero El Gauchito era demasiado. No era real, era de fábula. Lo habíamos ganado en contra de todas las leyes del realismo. Era uno de esos seres prodigiosos que viven en el corazón de los cuentos.
-¿Te parece que si le pedimos un deseo nos lo concederá? -pregunté. 
-¡Por supuesto! A mí ya me lo concedió. Yo quería conservar a mi novio.
-Yo en cambio no tengo novio.
-Podrías pedirle uno...
-No. Soy una romántica incurable, y quiero vivir todas las etapas del amor sin hacer trampas. Además, sería poco inteligente pedirle algo que se da por sí solo, pudiendo pedirle algo maravilloso y nunca visto".

César Aira, Yo era una chica moderna

Amigas

"Nos reíamos como locas, como locas, como locas... Las carcajadas se hundían como tirabuzones en la oscuridad de la noche. Siempre era lo mismo, cuando llegábamos a cierto punto. A partir de ahí, ya nadie nos entendía, y nosotras mismas tampoco nos entendíamos, pero por exceso, porque nos entendíamos demasiado bien.

Lila era mi mejor amiga. Nos conocíamos desde los dieciocho años, y nuestra amistad había sido inquebrantable a través de todos los altos y bajos de la vida. No podíamos ser más distintas. Nunca dos seres humanos han tenido personalidades más opuestas. Y no sólo eso: nuestras familias parecían provenir de planetas distintos, y nuestras historias eran tan divergentes que sólo un milagro podía haber hecho que nos cruzáramos. Pero ese milagro se había producido, y a partir de él nada nos pudo separar. Aunque distinta de mí, ella era tan moderna como yo, lo que me hizo pensar que había más de una modernidad, por lo menos dos, la suya y la mía.

El gran desafío de nuestra vida era... la vida. Lo interno, lo profundo de la vida. (Se necesitan largos y afilados y violentos tirabuzones para entrar en lo profundo y abrirlo; no es cuestión de sentarse a pensar.) Buscábamos lo inolvidable. Lo irreversible.

Nunca lo habíamos hablado pero era el impulso fundamental que nos llevaba adelante, cuando todo lo demás nos detenía. Frágiles, 'sexo débil', formadas en una cultura del confort y del menor esfuerzo, lo más lógico habría sido que nos estancáramos en la complacencia de un estado estable, cualquiera, el primero al que llegáramos. La carrera que corríamos para estar una a la altura de la otra nos mantuvo en movimiento. Era una carrera peculiar, porque siempre nos estábamos alcanzando; nunca nos adelantábamos, siempre nos sentíamos ligeramente retrasadas. Escrúpulos aterradores nos asaltaban por la noche. ¿Cuál era la verdadera naturaleza de nuestro ser, cuál era la velocidad justa de nuestro crecimiento espiritual?"

César Aira, Yo era una chica moderna