Habría que persuadir a la gente de que, en amor, gustar y no gustar, dejar y ser dejado, son las suertes ordinarias, que debemos acatar con naturalidad, sin orgullo y sin amargura; habría que recordarles que el diálogo y el trato no son escaramuzas y que “la urbanidad y la alegría deben preceder a toda moral, porque son los deberes puros” (Stevenson). (Suertes habituales)
Las mujeres,
aunque tienen el vigor del caballo, se deprimen por todo. Un restaurante las
deprime; prefieren comer en uno de esos lugares donde suena un piano y donde,
al favor de la oscuridad, se besuquean las parejas y tal vez ingieren
cucarachas. Yo olvido estas preferencias y, a lo largo del tiempo, con diversas
mujeres, cometo idénticos errores. (“Todas las mujeres son iguales”)
John Dewey dice: To me, faith means not worrying. Creo justa la interpretación. Si esa es la fe, a mí no me falta. Avanzo
despreocupadamente, creyendo que todo de alguna manera se arreglará, incluso mi
definitiva permanencia en la vida y el asunto aquel de la plata que tal vez me
robaron y aquel otro. (“Fe”)
¿No hubo acaso un momento de mi vida –y de la tuya, lector –en que todo era posible? // Alguna vez creí que
todo era muy poco en la inmensidad de mi vida. (“La vida, para los jóvenes”)
De las peores aberraciones del intelecto y de una conjugación de los
maestros más groseros, como una rosa nacida en la basura, surge trémula pero
incontaminada y triunfal, la vocación literaria. (“La vocación”)
Oh cuaderno de anotaciones diarias, oh implacable espejo de nuestra
pobreza mental. Libro que redactas nuestra vida, para corregirte debemos
corregirnos, para enriquecerte, enriquecernos. (“Cuadernos”)
Por las digresiones entra en los escritos la vida. (“Digresiones”)
Tememos que el destino, como nuestro oyente que desea hablar, para
colocar esas frases de efecto mediocre, nos hunda en las más atroces desdichas.
O que nos hunda, como un escritor apresurado despacharía a su personaje, para
dar al cuento un final aceptable.
Hablar lo había cansado mucho –lo había cansado más que andar toda una
tarde, colocando pedidos, a pie, por Buenos Aires –pero le hizo bien. El velo
se había descorrido. (“Moscas y arañas”)
-Llevame a cualquier parte –insistió Filis, añadiendo argentinamente -:
Para eso sos hombre.
El norte de mi conducta, sobre todo cuando estoy con una mujer, es
lograr abundancia y variedad de recuerdos, ya que estos constituyen la parte
durable de la vida. (“Recuerdo de las sierras”)
Adolfo Bioy Casares, Guirnaldas de amores
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