"Ese fue el verdadero comienzo de la aventura. Así empezó todo, con dos chicas desesperadas en una terraza a la medianoche, ebrias de alcohol y de venganza. No, no venganza: justicia. Éramos dos justicieras, decididas a todo con tal de reponer las cosas en su lugar. Por modernas, queríamos restaurar la antigüedad. Por antiguas, queríamos imponer lo moderno".
"Cuando me desperté al día siguiente, el sueño que había tenido temblaba todavía en mi paisaje espiritual, como una niebla del corazón".
"Nunca quedó en claro si fue la Historia la que los separó, o ellos los que separaron la Historia".
"Los anteojos se plegaban y desplegaban, cerraban sus patillas como bracitos delgadísimos y se quedaban quietecitos, durmiendo; después los abrían, como el niño que abre los brazos para que la mamá lo alce, y se prendían a mi cara, a la parte más sensible y expresiva de mi cara, y ahí se quedaban todo el día. ¿Cómo no quererlos si ellos me daban la luz y los detalles?"
"Simetrías que son casi inevitables cuando una historia se echa a andar, magias parciales del relato. Todo lo que pasa ha pasado ya, bajo otra forma. Pero El Gauchito era demasiado. No era real, era de fábula. Lo habíamos ganado en contra de todas las leyes del realismo. Era uno de esos seres prodigiosos que viven en el corazón de los cuentos.
-¿Te parece que si le pedimos un deseo nos lo concederá? -pregunté.
-¡Por supuesto! A mí ya me lo concedió. Yo quería conservar a mi novio.
-Yo en cambio no tengo novio.
-Podrías pedirle uno...
-No. Soy una romántica incurable, y quiero vivir todas las etapas del amor sin hacer trampas. Además, sería poco inteligente pedirle algo que se da por sí solo, pudiendo pedirle algo maravilloso y nunca visto".
César Aira, Yo era una chica moderna
No hay comentarios:
Publicar un comentario